¿Qué tienen en común quienes comparten una comunidad? Paradójicamente, lo que comparten no es algo común, sino propio. La comunidad se conforma a partir de propiedades. Y la propiedad es esencialmente excluyente. De ello se ha ocupado, por ejemplo, Roberto Esposito (1998, 2002), a quien Irene Ortiz Gala dedicó un rumor en estas mismas páginas. Pongamos un ejemplo: si pensamos en la comunidad nacional española, ¿qué compartimos quienes conformamos esa comunidad? Compartimos ser propietarios del título de propiedad nacionalidad española. Y ello hace que quienes carezcan de ese título de propiedad, quedarán excluidos, violentamente excluidos ―y recluidos en Centros de Internamiento para Extranjeros. Porque la propiedad produce un dispositivo de seguridad que repele a quien no pertenece (Foucault, 2003). La identidad nacional funciona así, pero también podemos pensar en otras identidades y comunidades.
Ahora bien, ¿es posible una comunidad de quienes no tienen comunidad? Resuena aquí George Bataille, pero también Sylvia Rivera, Gloria Anzaldúa o Pla Meseguer. ¿Es posible una comunidad sin la propiedad de una identidad? ¿Cómo conjugar una comunidad sin la exclusión propietaria de la identidad? ¿Cómo practicar una identidad que no se forme a través de elementos propietarios sino a través de la falta, de la ausencia, de la herida? Este es precisamente el reto que desde hace décadas se viene pensando desde lo queer/cuir.
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